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Divagaciones de antaño


En las películas de ficción a los protagonistas siempre se les habla de un Destino, de una Profecía, o de Un Camino para el que nacieron, una senda que tienen marcada desde el comienzo de los tiempos. Siempre tienen claro de qué manera van a salvar al Mundo. Aun así, se pasan toda la película dudando de ellos mismos, de su destino, de su fuerza… Con Miedo.

Y después de esto es cuando yo me pregunto hasta que punto un simple mortal, alguien que no tiene un camino claro… ¿Cómo tener esa determinación tan clara? Si aquel que tiene su senda ya marcada, que tan solo tiene que tener un poco de Fe, duda como el que más, ¿cómo no sucumbir ante la inseguridad, ante la incertidumbre total del futuro? ¿Cómo no rendirse a la normalidad de un futuro fácil?

Cada día me pregunto por qué empeñarse en querer cambiar el mundo, en buscar esa luz en las personas para convertir este lugar en un mundo mejor. Pero no encuentro ese camino, esa senda que me indica como llegar a mi destino. No son más que sueños infantiles, delirios inmaduros que antes o después tendré que desterrar de mi mente si quiero mantenerme cuerdo.

Pero siempre te queda la duda… ¿Y si el amor es más fuerte que el miedo? ¿Y si la Fe es más poderosa que el temor?

Te preguntas si no podría ser verdad, si no podrías levantar a esas personas que sabes que piensan igual que tú, el no necesitar ese profeta que te diga tu destino. Encontrarlo uno mismo, enfrentarse a él… coger la espada que es el alma, y enfrentarse cual William Wallace contra el terror de la incertidumbre. Nuestros ingleses son nuestros miedos, y nuestras armas están tan cerca de nosotros que no las vemos.

Será una duda que solo hay dos maneras de resolver; enfrentarse al mundo o sellarla para siempre en mi corazón

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