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miércoles, 31 de octubre de 2012

Injusta recompensa


Hoy es la noche de Halloween. A mí me ha tocado trabajar. Algunos amigos están en una fiesta, pero la fiesta se acabó pronto. Casi todos están en su tierra, a mí me toca estar lejos de mi gente en este puente. Pero esta noche tiene algo especial. Así que hoy toca escribir. Mi intención era escribir un relato de terror, en honor a los muertos. Pero no he sido capaz. Después he empezado a escribir un pequeño relato dramático y depresivo. Las palabras se han ido transformando, y al final ha sido el microrelato quien se ha hecho a sí mismo. Corto, intenso, duro... pero, como siempre, con una crítica detrás de mis palabras. Parece que soy incapaz de no hacer de cualquier escrito una pequeña reivindicación. Aquí os lo dejo, podría ser cualquier historia, de cualquier día, de cualquier año. Espero que os guste.

Injusta recompensa

El médico sale por la puerta del quirófano con el rostro desencajado, triste y abatido. En sus ojos se puede leer la mala noticia, pero ellos no lo quieren creer. Es algo que va más allá de sus posibilidades, de lo real, algo que aun les parece increíblemente lejano. Parece que abre la boca, la cierra, balbucea. Lo intenta de nuevo: “Hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano” dice, “lo siento mucho”. Entonces ella grita.

De repente está todo completamente a oscuras. “¿Estoy en el suelo?” Piensa, y nota a su lado un cuerpo, caliente y reconfortante. “¿Otra pesadilla, cariño?” Ahora todo encaja. Está en la cama, con su mujer. Todo ha sido un sueño... Pero, no, ojalá no hubiera sido más que una pesadilla pasajera; un cuento olvidado, palabras que se llevara el viento. Nota como su alma le pesa, como su pecho se oprime, la ansiedad lo asfixia. Es todo verdad, la más dolora de las verdades: ella está muerta. Su precioso bebé. “Ha sido una muerte natural” Le dijeron “muerte súbita...” pero él ya no podía escuchar más. Todos sus sueños se rompieron, su vida cayó en pedazos. Ya no había razones en el mundo para vivir, nada era ya importante.

Los días se suceden, uno tras otro. La vida se convierte en supervivencia; comer, beber, dormir, ducharse, comer, beber, dormir, ducharse, beber, ducharse, comer, dormir, dormir, dormir...

Su existencia se remite al vacío absoluto. Pero siempre esta ella, su mujer. Apoyándolo en cada paso, infundiéndole las ganas de vivir cada día, de tener ilusión por subsistir un día más. Su razón de existencia, su pedacito de cielo. Ella lo ayuda a levantarse, lo viste, le da de comer, lo cuida, lo mima... Ella es su todo. Pero él no remonta el vuelo, no es capaz de salir de ese torbellino depresivo que son sus emociones.

Un día sonríe, pero al siguiente no quiere levantarse. Un día come solo, pero luego lo vomita todo. El llorar se transforma en un silencio prolongado, irrompible, eterno. La agorafobia lo posee, ya no sale de casa. Cuando ella lo deja solo, se pasa las horas contemplando el vacío, mirando al infinito, así minuto tras minuto, hasta que su esposa vuelve. Lo arropa y se queda dormido con su arrollo de madre protectora.

“Tienes que poner de tu parte” Le dice. Porque para ella también es duro. También perdió a su hija, y ahora ha perdido a su marido. Está sola en el mundo y se refugia en un vaso, solo una vez. “Solo una vez” es siempre lo que dice cuando coge el primer whisky.

Es juzgada por los demás, criticada. Ya nadie los visita, “borrachos y locos”, en eso se han convertido, en solo unos meses, para los demás. “No me extraña que se les muriera su hija” llegan a decir. Ya no se recuerda como eran antes. No recuerdan sus risas, siempre en sus labios. Sus ganas de ayudar a los demás, su alegría por vivir, y la de veces que regaron sus plantas o cuidaron sus hijos. La memoria es corta, siempre guarda los errores del presente y borra los aciertos del pasado.

Un día ella llega, agotada y exhausta. Él, por fin, está de pie. Sonriente, y alegre. “He encontrado la solución”, dice, “Por fin podremos estar juntos, los tres”

“Violencia de género” decían los periódicos al día siguiente

domingo, 7 de octubre de 2012

El Show de Truman

Hoy he visto la película "El Show de Truman". Sí, se que he tardado mucho tiempo en verla, pero hoy ha surgido el momento de verla.

Y he llegado a la, espero que compartida por todos, conclusión de que todos somos Truman. Quizás no sea una decisión concreta en la vida a la que nos tenemos que enfrentar, sino que hay muchas decisiones en nuestra vida que dirigen el rumbo de la misma hacia un camino completamente diferente.

Pero todos nos hemos visto en esa situación, en la que estamos cómodos y seguros dentro de nuestro pequeño mundo artificial. Esa situación de que nada malo nos puede pasar, arropados por nuestros seres más cercanos, sin nada ni nadie que se convierta en una amenaza desconocida...Porque, lo peor de todo, es que en nuestro pequeño mundo tenemos miles de miedos. Pero son miedos conocidos, son los miedos "de toda la vida". Esas cosas, esas personas que ya conocemos y que, aunque sean dañinos para nosotros, pertenecen a nuestra cúpula de autoprotección.

A todos nos llega el momento de querer romper con todo, esa situación de querer volar lejos, ir a las Fiji a descubrir mundo y a convertirnos en un ser más grande, más completo, ávidos de aventuras y nuevas sensaciones... Pocos se enfrentan a ese reto. Somos pocos los que cogemos la maleta y decimos "Buenos Días, y por si no nos vemos luego Buenas Tardes y Buenas Noches" y nos vamos, sin más.

Esa decisión que cambia tu vida y que te lleva por un nuevo camino. Esa relación que dejas atrás, ese trabajo con el que rompes o esa carrera que te estaba destrozando la vida. Huyes de esa ciudad que te cortaba las alas, o de ese círculo de personas que no te dejaban crecer... Todos tenemos, en algún momento, una razón que nos impulsa a romper con todo...

Pero...¿y si sale mal? ¿Y si no consigo lo que busco?

Miedos... Y más miedos... "El miedo hiere más que las espadas" Dice J.R.R. Martín en "Canción de hielo y fuego"

Del miedo no se puede huir, solo te puedes sentar con él y decirle: "Nos queda un largo camino juntos, así que es mejor que te pongas cómodo y no hagas mucho ruido" Porque el miedo no se pierde, no se diluye como la pintura bajo la lluvia... El miedo permanece ahí, pero hay que aceptarlo y tenerlo como una parte más de uno mismo. Y con el tiempo, poco a poco, se va convirtiendo en fortaleza... Va desapareciendo.

Te invito a tomarte unos minutos de reflexión y, si de verdad lo necesitas, vuela alto, vuela lejos y... no mires atrás.

"Show must go on"