Hoy es la noche de Halloween. A mí me ha tocado trabajar. Algunos amigos están en una fiesta, pero la fiesta se acabó pronto. Casi todos están en su tierra, a mí me toca estar lejos de mi gente en este puente. Pero esta noche tiene algo especial. Así que hoy toca escribir. Mi intención era escribir un relato de terror, en honor a los muertos. Pero no he sido capaz. Después he empezado a escribir un pequeño relato dramático y depresivo. Las palabras se han ido transformando, y al final ha sido el microrelato quien se ha hecho a sí mismo. Corto, intenso, duro... pero, como siempre, con una crítica detrás de mis palabras. Parece que soy incapaz de no hacer de cualquier escrito una pequeña reivindicación. Aquí os lo dejo, podría ser cualquier historia, de cualquier día, de cualquier año. Espero que os guste.
Injusta recompensa
El médico sale por la
puerta del quirófano con el rostro desencajado, triste y abatido. En
sus ojos se puede leer la mala noticia, pero ellos no lo quieren
creer. Es algo que va más allá de sus posibilidades, de lo real,
algo que aun les parece increíblemente lejano. Parece que abre la
boca, la cierra, balbucea. Lo intenta de nuevo: “Hemos hecho todo
lo que estaba en nuestra mano” dice, “lo siento mucho”.
Entonces ella grita.
De repente está todo
completamente a oscuras. “¿Estoy en el suelo?” Piensa, y nota a
su lado un cuerpo, caliente y reconfortante. “¿Otra pesadilla,
cariño?” Ahora todo encaja. Está en la cama, con su mujer. Todo
ha sido un sueño... Pero, no, ojalá no hubiera sido más que una
pesadilla pasajera; un cuento olvidado, palabras que se llevara el
viento. Nota como su alma le pesa, como su pecho se oprime, la
ansiedad lo asfixia. Es todo verdad, la más dolora de las verdades:
ella está muerta. Su precioso bebé. “Ha sido una muerte natural”
Le dijeron “muerte súbita...” pero él ya no podía escuchar
más. Todos sus sueños se rompieron, su vida cayó en pedazos. Ya no
había razones en el mundo para vivir, nada era ya importante.
Los días se suceden, uno
tras otro. La vida se convierte en supervivencia; comer, beber,
dormir, ducharse, comer, beber, dormir, ducharse, beber, ducharse,
comer, dormir, dormir, dormir...
Su existencia se remite al
vacío absoluto. Pero siempre esta ella, su mujer. Apoyándolo en
cada paso, infundiéndole las ganas de vivir cada día, de tener
ilusión por subsistir un día más. Su razón de existencia, su
pedacito de cielo. Ella lo ayuda a levantarse, lo viste, le da de
comer, lo cuida, lo mima... Ella es su todo. Pero él no remonta el
vuelo, no es capaz de salir de ese torbellino depresivo que son sus
emociones.
Un día sonríe, pero al
siguiente no quiere levantarse. Un día come solo, pero luego lo
vomita todo. El llorar se transforma en un silencio prolongado,
irrompible, eterno. La agorafobia lo posee, ya no sale de casa.
Cuando ella lo deja solo, se pasa las horas contemplando el vacío,
mirando al infinito, así minuto tras minuto, hasta que su esposa
vuelve. Lo arropa y se queda dormido con su arrollo de madre
protectora.
“Tienes que poner de tu
parte” Le dice. Porque para ella también es duro. También perdió
a su hija, y ahora ha perdido a su marido. Está sola en el mundo y
se refugia en un vaso, solo una vez. “Solo una vez” es siempre lo
que dice cuando coge el primer whisky.
Es juzgada por los demás,
criticada. Ya nadie los visita, “borrachos y locos”, en eso se
han convertido, en solo unos meses, para los demás. “No me extraña
que se les muriera su hija” llegan a decir. Ya no se recuerda como
eran antes. No recuerdan sus risas, siempre en sus labios. Sus ganas
de ayudar a los demás, su alegría por vivir, y la de veces que
regaron sus plantas o cuidaron sus hijos. La memoria es corta,
siempre guarda los errores del presente y borra los aciertos del
pasado.
Un día ella llega, agotada
y exhausta. Él, por fin, está de pie. Sonriente, y alegre. “He
encontrado la solución”, dice, “Por fin podremos estar juntos,
los tres”
“Violencia de género”
decían los periódicos al día siguiente