No hacemos más que sumergirnos en el vórtice de lo material,
olvidando nuestra esencia, olvidando la verdadera felicidad.
A cada día nos encontramos más vacíos y huecos por dentro,
nos buscamos pero nos hemos perdido por los senderos de la incertidumbre, y
mientras continuamos nuestro inexorable camino a lo desconocido no hacemos más
que intentar rellenar ese vacío intenso con parches banales que no valen nada.
Sexo barato, alcohol, drogas, violencia, el juego, comprar,
comprar y comprar... no son más que ardides de nuestro ser para engañarnos a
nosotros mismos y creernos felices, pero en el fondo esas distracciones nocivas
no hacen más que engrandecer ese hueco que sentimos en el pecho, esa sensación
de soledad inmensa que nos aborda a cada minuto...
Nos alejamos de la esencia de la felicidad, creer, y con
creer no me refiero en exclusiva a la fe en una religión, sino la fe en uno
mismo, creer en algo y tener un objetivo en la vida, cuanto más rellenamos
nuestro corazón más lo ensuciamos y más lo alejamos de la verdadera felicidad.
Necesitamos tener la seguridad ciega en un ente, en un objetivo, en una
persona... porque esa es la verdadera felicidad.
Sin dudas no hay fe... pero sin fe no se puede ser feliz
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